! El Liceo Marcel Pagnol canta la Navidad en la Manzana de la Rivera !


  En Francia, desde hace unos cincuenta años, la elevación general del nivel de vida ha diversificado profundamente el menú del “réveillon”, es decir la cena de Navidad. El pavo o el capón comparten el estrellato de la cena con los mariscos, el “foie gras” al sartén, alternado con el salmón ahumado. Todo parece indicar que en el fondo ya no hay una diferencia esencial entre el menú de Navidad y el de una buena comida dominical en familia. De hecho, en toda Francia, un solo elemento del menú permanece verdadera e íntimamente ligado a la Cena de Navidad: se trata del “tronco” (bûche de Noël). Se trata de una repostería enrollada sobre sí misma, a la cual se le da la forma y la apariencia de un trozo de madera decorado con champiñones de merengue y con azúcar glaseada, imitando la escarcha, que a veces puede estar rellena con crema o helado, y siempre lleva el nombre de “tronco de Navidad”.

Una investigación efectuada en Borgoña en 1885 permite no sólo conocer el origen de este tronco y medir la profunda transformación del estilo de vida de aquella época, sino también tomar conciencia de que los franceses, a pesar de su apego a las tradiciones, modificaron radicalmente el significado de este tronco.

Hace un siglo y medio, el “tronco de Navidad” era un verdadero leño, es decir un trozo de madera escogido por sus dimensiones excepcionales y por el tiempo – bastante prolongado - que duraría su combustión. Un historiador moderno estima que el tronco - con frecuencia tomado de un árbol frutal, o de un roble o una haya - debía medir de 1,20 a 1,50 metros de largo y se debía haber secado durante varios meses para poder arder en Navidad, en pleno invierno, que era particularmente riguroso en esta región.

En cada casa rural, la familia se reunía frente a la chimenea en donde este tronco se quemaba, para aguardar la misa de gallo comiendo crêpes, acompañadas con vino caliente. En Auvernia, en donde el frío invernal es muy intenso, la chimenea se construía en profundidad y a lo ancho; a la derecha y a la izquierda del fuego, bajo el manto o la campana de la chimenea, se instalaban dos bancos robustos, en madera de castaño las más de las veces, en donde se sentaban los ancianos.

El tronco debía durar por lo menos toda la noche de Navidad. El motivo religioso invocado era que se debía mantener esa noche un calor suficiente para que la Virgen pudiese venir a calentar al niño Jesús. Sin embargo, diversos ritos mucho más paganos se asociaban igualmente a esta combustión lenta, como por ejemplo ritos de purificación de la casa, antes de encender el fuego, pero sobre todo usos de orden mágico del carbón o la ceniza producida por el carbón: las cenizas se repartían en los graneros para ahuyentar a los roedores o en las parvas de trigo para alejar a los gorgojos, y a veces en el jardín, para hacer huir a los topos. Algunos conservaban el carbón para conjurar el rayo, otros guardaban las cenizas para el Miércoles de Ceniza, que vendría poco tiempo después del martes de carnaval. En ciertos pueblos, el tronco debía estar prendido durante tres días y se guardaban las cenizas para mezclarlas con la semilla del trigo, para impedir que se pudriera. En otros lugares, se las echaba alrededor de las habitaciones para alejar a las serpientes. En algunas aldeas, se golpeaba el tronco con un atizador para interrogarlo: mientras más chispas salían, más trigo tendrían los graneros. En todos los casos, la combustión del valioso tronco tenía la reputación de contribuir a alejar las miserias o augurar una mayor prosperidad.

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Una vez que el tronco estaba en el fuego y se comían las primeras crêpes acompañadas de vino caliente, la familia (salvo un guardián del fuego) se iba a la misa de gallo y luego regresaba a cenar. En la Borgoña del siglo XIX, el festín estaba compuesto de “andouilles” (embutido típico francés), morcilla, “crapiaux” (galletas similares a los panqueques), castañas, todo ello acompañado con sidra.

El tronco no era entonces un postre, sino más bien un lujo excepcional, que ofrecía a la familia reunida la noche de Navidad, un calor prolongado y compartido, propicio para la celebración.

Cabe mencionar que en aquella época, no se daba ningún regalo en Navidad, pues quien los dejaba era el “Père Janvier” en los zuecos que los niños ponían a secar frente a la chimenea, en la noche del primer día del año.

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Con el éxodo rural hacia las ciudades, que en Francia fue el mayor fenómeno histórico del siglo XX, el “tronco de Navidad” – que uno miraba consumirse toda una noche en la chimenea – fue adquiriendo una “doble personalidad”: por un lado se convertía en una repostería servida en la mesa y, por el otro, en un árbol de Navidad que fue ocupando poco a poco un lugar en la sala bien calefaccionada de los nuevos citadinos. Se le decoraba con guirlandas y globos rojos y dorados, como para hacer revivir esta antigua fascinación por el resplandor de las brasas. Rápidamente, fue a los pies de este árbol que “Papá Noël” vino a dejar los regalos como un último homenaje a esta civilización del árbol, en vías de extinción.

El frenesí por el consumo empezó a reemplazar rápidamente el espectáculo del tronco consumiéndose. La bolsa de regalos de “Papa Noel” fue sustituyendo al hogar de la chimenea. El “tronco de Navidad” perdura como una materialización silenciosa, y generalmente inconsciente, de una fantástica aceleración histórica. Este tronco nos habla de tiempos más austeros, en los cuales el hombre usaba con parsimonia los recursos de la naturaleza y compensaba el sacrificio real de un grueso tronco, atribuyéndole virtudes mágicas a esas cenizas, efímeros vestigios de una noche más de Navidad.

* La “bûche” de Noël, postre francés que se conoce sobre todo con el nombre de “brazo de gitano”, significa literalmente “leño”.